Ante una adicción es frecuente que, para explicar la pérdida de control, tanto la persona como su familia intenten encontrar una explicación.
¿Por qué ha llegado hasta aquí? ¿Qué le ha pasado?
Es comprensible. Ante un problema tan complejo, necesitamos encontrar un sentido a lo que está ocurriendo. Y, para ello, muchas veces miramos hacia atrás para encontrar esas respuestas.
“Siempre ha sido muy inseguro.”
“Le cuesta gestionar sus emociones.”
“Ha sufrido mucho.”
“Siempre ha tenido ansiedad.”
“Ya tenía problemas antes de empezar a consumir.”
Es muy posible que todo esto sea cierto.
De hecho, una adicción no aparece de la nada. En su desarrollo pueden intervenir diferentes factores de vulnerabilidad: características individuales, dificultades emocionales, experiencias vitales, aprendizajes, contexto familiar y social, factores genéticos y neurobiológicos, entre otros.
Existe, por tanto, un caldo de cultivo sobre el que puede desarrollarse una adicción.
Pero conocer los factores que pueden favorecer el desarrollo de una adicción no explica necesariamente por qué, una vez establecida, la persona no puede dejar de consumir.
Además, muchas de las dificultades que observamos actualmente pueden ser consecuencia de la propia adicción.
El problema de buscar una única causa
La adicción es un problema multifactorial. No existe una única razón que permita explicar por qué una persona desarrolla una adicción y otra, ante circunstancias similares, no lo hace.
Por eso, es posible que una persona con adicción tenga dificultades para regular sus emociones, haya vivido experiencias difíciles o presente problemas de autoestima. Estos factores pueden ser relevantes y deben tenerse en cuenta. El problema aparece cuando convertimos cualquiera de ellos en la explicación de todo lo que ocurre.
Porque puede existir una relación, pero una relación no significa que hayamos explicado la adicción.
¿Por qué una persona con adicción no puede dejar de consumir?
Una persona puede saber que está consumiendo demasiado. Puede conocer perfectamente las consecuencias que está teniendo en su vida. Puede haber perdido dinero, relaciones, trabajo, salud o la confianza de las personas que la rodean.
Puede incluso querer dejar de consumir.
Y, aun así, volver a hacerlo.
La adicción es una enfermedad. Una vez establecida, tiene sus propios mecanismos de funcionamiento. Implica procesos de aprendizaje y cambios en los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación, la memoria y el control de la conducta.
Por eso, la dificultad para dejar de consumir no puede entenderse únicamente a partir de aquello que existía antes de la adicción.
Durante el tiempo que la enfermedad permanece activa, también se producen aprendizajes, asociaciones y consecuencias que pueden contribuir a mantener la conducta. Determinadas emociones, situaciones, lugares, personas o pensamientos pueden quedar vinculados al consumo y aumentar el deseo de consumir.
Esto ayuda a entender por qué una persona puede saber que lo que hace le está perjudicando, querer dejarlo y, aun así, continuar repitiéndolo.
Una cosa es explicar por qué empezó y otra entender qué ocurre después
Comprender lo que había antes es importante. Pero también lo es reconocer lo que la adicción ha ido construyendo después.
El motivo por el que una conducta comienza y los mecanismos que hacen que se mantenga pueden ser diferentes. Y esta distinción es esencial en el tratamiento.
Si una persona lleva años jugando, por ejemplo, no podemos explicar esos años únicamente diciendo que es insegura, que tiene ansiedad o que necesita evadirse.
Puede que esas dificultades hayan formado parte de su historia. Pero durante esos años también ha estado presente una enfermedad que ha afectado a su manera de pensar, sentir y actuar, y que ha generado sus propias consecuencias.
Esto también significa que algunas de las dificultades que vemos hoy pueden no estar únicamente en el origen del problema. Pueden haber sido agravadas o incluso generadas por los años de adicción.
Cuando la explicación se convierte en una forma de no mirar el problema
La búsqueda constante de una causa puede terminar desplazando la atención de la propia adicción.
Esto puede ocurrir en la familia, pero también en la propia persona que tiene el problema.
Mientras la atención está puesta en la ansiedad, en la infancia, en la pareja, en los problemas laborales, en las amistades o en aquello que “le llevó” a consumir, puede resultar más difícil enfrentarse a una cuestión mucho más importante:
“Tengo una adicción y necesito hacer algo diferente para recuperarme.”
Esto no significa que la persona esté mintiendo deliberadamente ni que todo lo que explica sea falso. Puede existir realmente ansiedad, sufrimiento, conflictos familiares o experiencias difíciles. El problema aparece cuando esos factores terminan utilizándose para explicar, justificar o minimizar la adicción.
“Bebo porque estoy mal y tengo problemas de autoestima.”
“Juego porque necesito desconectar.”
“Consumo porque mi familia me presiona.”
“Si mi pareja cambiara, yo no necesitaría hacerlo.”
Por eso, asumir que existe una adicción es el primer paso para empezar a trabajar sobre ella. Y también para que la persona pueda reconocer qué está bajo su responsabilidad y qué puede empezar a cambiar.